EL BÚHO, MATAR...PLACER DE LOS DIOSES

Capítulo 8

Imanol dejó a Corinne hecha un manojo de nervios. Si bien su intención era brindarle protección, ella sabía que eso era imposible, nadie podía protegerla del marqués de Arcos.
Su marido la vigilaba con la misma tenacidad que un halcón a su presa.
Cuando Imanol subió al carruaje que lo esperaba en la puerta de la mansión de Edelmiro Carvallo, cuñado de Corinne, ésta vio a través del ventanal que daba a la calle, cómo los esbirros de su marido tomaban debida nota de la sugestiva visita del marqués de Nájera. Ella los conocía bien, muchas veces pretendían ser simples transeúntes, otras se camuflaban detrás de la gran arboleda que se extendía alrededor de la mansión y otras, simplemente, se paraban delante del portón de rejas bebiendo cerveza y fumando.
"Seguramente mañana a primera hora Rodrigo estará enterado", se lamentó Corinne imaginando la reacción violenta de su marido que debería enfrentar a su regreso de Cadiz.
Un enorme cansancio se apoderó de ella y cabizbaja subió la escalera que la llevó hasta su alcoba. Se recostó sobre la cama y comenzó a llorar. Odiaba su vida, y nuevamente, como en tantas ocasiones le sucedía, anheló suicidarse.
Lejos de allí, Talibah bordaba en el gran salón del palacio con el oído atento ala llegada del marqués. Al escuchar el trote de los caballos corrió hasta la puerta para recibirlo. Desde su partida estuvo intranquila, temía que su niño cometiera alguna locura, esas a las que ya la tenía acostumbrada.
Talibah estaba al tanto de las violaciones y de los asesinatos de niños cometidos por Imanol en América. Él mismo se lo contó una noche poco después de su regreso. Ella no se horrorizó, sólo lo escuchó...el tarot ya se lo había anticipado. "La oscuridad es su ámbito", pensó.
_ Sólo tu me comprendes, Tali. En aquellos lares me llamaban "El Búho" porque siempre cazaba de noche. Que ironía, sin saberlo me bautizaron con el apelativo de mi ángel guardián. ¿Acaso no me contaste que cuando nací un búho se posó en una rama del árbol que crecía frente al dormitorio de mi madre y veló mi sueño durante días?¡Gente ignorante que acusa sin entender! Yo no me limitaba a matar sino que utilizaba los cadáveres para buscar las causas de las enfermedades que los devastaba y una posible cura. Y si antes de matar me divertía un poco, ¿qué mal hacía? Dime Talibah, ¿por qué no podía matar a esos rapaces abandonados de la mano de Dios? Si de todas formas en algún momento iban a morir, ya sea de hambre o de frío o por los colmillos de un animal salvaje. Gracias a mí, sus muertes tuvieron una finalidad honorable _ concluyó mirándola fijamente, atento a su respuesta.
_ Amelia, ¿también fue parte de tus investigaciones? _ la demanda lo sorprendió.
Estaban en la biblioteca. Al escuchar esa pregunta incisiva le dio la espalda y comenzó a pasearse frente a las hileras interminables de libros. Talibah permaneció callada, expectante.
_ A mi hermana la maté por hastío _ fue la consisa respuesta. Luego, sin dar más explicación, abandonó el lugar refugiándose en su dormitorio.
Talibah no estaba segura del destino de Amelia, pero intuía lo peor. Preocupada por no recibir cartas de la joven desde la muerte del marqués viejo, tiró las cartas del tarot y la sombra de la muerte se hizo presente.
Conocedora de la inquina existente entre ambos hermanos, no tardó en suponer que Imanol en un arrebato colérico pudiera haber terminado con la vida de su hermana, la predilecta del padre.
En realidad Imanol la asesinó sin piedad por interferir en su romance platónico con Rafael, el hombre que conoció en Buenos Aires y que nunca le correspondió. Hostigado por el odio y el resentimiento, descargó toda su frustración en ella.
Talibah no se quedó en la biblioteca sino que lo siguió hasta el dormitorio. Entró sin llamar. Imanol estaba sentado frente a la chimenea, la vista perdida en las llamas que caldeaban la estancia.
_ Nací con el demonio a un lado de mi cuna cuando vine a este mundo hipócrita y cruel...y desde entonces ha estado conmigo _ lo escuchó decir con voz queda _ Vete Talibah, quiero estar solo.
Jamás volvieron a tocar esos temas urticantes, nunca más. Talibah amaba a Imanol por encima de cualquier pecado. Nunca lo juzgó y en ese momento tampoco lo hizo.
Esa noche, al verlo bajar del carruaje interrumpió sus pensamientos. Imanol parecía cansado, pero distendido. Talibah respiró aliviada.
"Es imperioso para mí hacer algo para limpiar su alma. Debe detener su apetencia por los niños", se propuso mientras Imanol se le acercaba.
_ Es muy tarde _ se limitó a decir con un dejo de reproche.
_ Talibah sabes bien que detesto que me controles _ expresó con frialdad. Pasó a su lado tendiéndole la capa y el sombrero. Ella los tomó en silencio evidenciando su disgusto.
Imanol se acomodó en uno de los sillones de la sala y encendió un cigarro que extrajo de una cigarrera de plata que descansaba sobre una mesita ratona.
Talibah permaneció detrás de él esperando una explicación que nunca llegó.
_ Un cognac _ le ordenó contrariado aunque enseguida suavizó el tono _ Por favor.
Talibah dejó la capa y el sombrero en las manos de una de las sirvientas que se presentó presurosa al escuchar la voz del marqués, La muchacha desapareció rápidamente ante un gesto de la egipcia.
_ Aquí tienes, ¿se te ofrece algo más? _ la mujer le alcanzó el cognac y se dispuso a retirarse.
_ Talibah, aún no he hecho nada _ la voz rasposa la detuvo _ Pero lo haré...
La mujer sin mirarlo siguió su camino hacia sus aposentos. Se encerró y decidió meditar. La meditación la relajaba y le aclaraba las ideas. Abrió la ventana para que entrara el aire limpio y la luz de la luna. Se concentró para que las energías negativas fluyeran y que las positivas se adueñaran de cada rincón de su habitación.
Sentada en el piso de madera sobre un almohadón de seda negro, Talibah cerró los ojos y dejó que la mente acallara sus pensamientos. No los obligó, sólo los dejó ir mientras se concentraba en escuchar el sonido de la respiración. La paz la invadió.
Finalizó la meditación con una decisión clara: debía enfocarse en la renovación. del alma de Imanol. Para lograrlo era necesario recurrir a energías curativas que lo rescatarían del abismo que lo tenia atrapado.
Sin perder tiempo revolvió en su viejo baúl buscando un pote de cerámica. Lo encontró envuelto en una franela descolorida debajo de varias piezas de telas. Era su tesoro más preciado. "Las cenizas sagradas", repitió en voz baja.
Y allí, arrodillada junto junto al baúl con el pote de cerámica entre sus dedos largos y esqueléticos, viajó a su niñez.
Acababa de cumplir diez años cuando su madre cayó gravemente enferma. Su padre había muerto dos años atrás, por lo tanto su abuela se hizo cargo de la situación.
Llevaron a su madre a la "Casa de la vida", adjunta al templo de la diosa Sejmet, la poderosa, para que los médicos la atendieran. Allí hicieron lo imposible, pero todo fue en vano, su madre no se recuperaba.
En Egipto, la enfermedad se consideraba como la posesión del cuerpo por espíritus malévolos que tenian acceso a un poder mágico, un dios enojado o algún difunto descontento. Es por ello que los médicos y encantadores trabajaban de forma paralela: primero era el encantador y luego el médico.
Cuando se disponían a trasladar a su madre nuevamente a su hogar, el encantador que la había atendido en primera instancia, conmovido por la tristeza de la niña le entregó a la anciana una bolsita de cuero. Talibah escuchó que le decía a su abuela:
_ Prueba con estas "cenizas sagradas". Las he traído desde la India, su poder curativo es enorme aunque no te aseguro que en ella surta efecto. Como ya te lo he explicado, el espíritu de su marido la llama con premura, la extraña sin importarle el dolor que le causa a la pequeña. Grande es su egoísmo _ y continuó _  Este es un polvo que brotó de un Swami, un maestro espiritual, un alma iluminada. Procura que inhale una mínima porción y luego ruega a Ra por un milagro. Vete en paz.
Así lo hizo la anciana y su nuera se resistió al llamado de su marido aferrándose al amor de su hijita  y al poder de las cenizas sagradas. Sobrevivió contra toda esperanza, aunque un año después la muerte la sorprendió mientras horneaba tortas de miel, las preferidas de Talibah. El posesivo espíritu de su esposo, sin darse por vencido, le arrebató la vida con la misma ligereza del vuelo de un colibrí.
Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla ajada de Talibah y cayó sobre el pote de cerámica. Lo secó con prontitud. Respiró profundo espantando su negro pasado. No quería seguir ahondando en él. ¡Cuánto detestaba a su abuela! ¿En qué momento esa bondadosa anciana se convirtió en una vieja ladina y embustera? Aún hoy no lo comprendía...
Un aroma dulzón le produjo un cosquilleo en la nariz al destapar el recipiente. Miró maravillada su contenido, allí estaba la salvación de su adorado Imanol. Su mal no residía en el cuerpo sino en el alma y ella, con el poder de las "cenizas sagradas" y la intervención del "heka", de esa fuerza ancestral que equivalía a tener el poder de la Creación y de los dioses y que le fue concedida hacía ya muchos años por una bruja, conseguiría matar a Apep, la maligna serpiente que anidaba en el alma de Imanol y que lo conducía hacia el caos y la destrucción desde su nacimiento.
"Debo encontrar también un búho, un gran búho blanco, destriparlo, quemar sus plumas en aceite y luego, con sus alas extendidas, clavarlo en la puerta de la cripta familiar. Apep no resistirá ver a su discípulo crucificado y huirá despavorida".


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