EL BÚHO, MATAR...PLACER DE LOS DIOSES

Capítulo 6

Dos días después de la fiesta, Imanol saboreaba un café con unas gotitas de cognac en la biblioteca.
Sentado cómodamente en un sillón tapizado en cuero natural frente al ventanal que daba a los jardines, reflexionaba sobre su encuentro con Corinne, consorte de su peor enemigo, el duque de Arcos.
La tarde, fría y lluviosa, era propicia para meditar y planear venganzas. Sin embargo, Corinne le inspiraba sentimientos alejados de una "vendetta".
"¿Qué me sucede con esta mujer? ¿Por qué la deseo?", se inquietó ante esas nuevas sensasiones, las primeras en su vida sugeridas por una mujer.
Decidido a continuar buceando en sus emociones, dejó la taza sobre una mesita y caminó hacia un aparador espejado del que extrajo una botella de brandy y una copa de cristal. Llenó la copa con el líquido ambarino y lo saboreó lentamente. La vista fija en el retrato de su padre que aún permanecía sobre la chimenea. Pronto lo arrumbaría en el desván. El sólo verlo le revolvía las tripas.
"De niño, ¡cuanto te quise, padre! Pero tú te empecinaste en que te odiara. Siendo pequeño descargabas tu ira en mí y de joven, me humillabas como si fuera el último de los sirvientes. Siempre vigilándome, siempre dispuesto a amargar mi vida", irritado lanzó la copa contra el cuadro salpicándolo con el brandy.
"¡Que distinta hubiese sido mi vida si en vez de morir mi madre hubieses muerto tú!", la rabia y la angustia se apoderaron de Imanol. Lágrimas de impotencia pugnaron por romper el dique de la desolación, pero él las contuvo con hidalgía. "Mi pasado no merece mis lágrimas, sólo Jean", se dijo convencido.
El recuerdo de Jean, su gran amor, trajo nuevamente a sus pensamientos a Corinne.
"Pronto iré a verte", se prometió, "pero antes debo resolver mi entredicho con Bravo Murillo, y de una manera muy placentera...para mí, por supuesto", se rió olvidando las dolorosas huellas que marcó su padre en su vida.
Las palabras del jurista Murillo aún le ardían en la piel. "Se burló descaradamente de mi inclinación sexual delante de los invitados en la recepción. Se mofó de mi, el marqués de Nájera. ¡Idiota!, no sabes con quién te has metido", cientos de ideas, como un reguero de pólvora, explotaron en su cabeza; planes sangrientos que calmarían su sed de venganza.
Imanol encendió un cigarro que adquirió en La Habana, puerto cubano en el que hizo escala su barco al regresar de América a España. Le fascinaba el gusto vagamente amargo, seco y leñoso de esos habanos. Se felicitó por haber comprado varias cajas. Fumar lo despejaba, incentivaba su creatividad.
Se sentó nuevamente en el sillón y cerró los ojos mientras saboreaba el cigarro.
Estuvo así durante dos horas, parecía descansar plácidamente aunque en realidad su mente era una máquina que trabajaba con celeridad y precisión.
Oscurecía cuando Talibah se atrevió golpear la puerta de la biblioteca. Lo hizo una, dos, tres veces.
_ ¡Pasa! _  le respondió al cuarto golpe.
_ La cena está servida. La cocinera te ha preparado "fabada" _  la fabada era la comida preferida de Imanol, la egipcia sabía que uno de los placeres de su niño era sentarse a la mesa y disfrutar de un suculento plato de  fabes (porotos) con morcilla, panceta, chorizo y lacón.
_ ¡Excelente! _  lo escuchó exclamar y se alegró por encontrarlo de buen humor, ya que luego de la fiesta se comportaba como un león enfurecido.
Horas más tarde, Talibah cambió de parecer, Imanol se paseaba por la sala alterándole los nervios.
_ Hijo, ¿qué te sucede? _ solía llamarlo de esa manera cuando lo notaba perturbado.
_ Ya he esperado demasiado. Mi vida no se reduce a acontecimientos sociales, mi vida está destinada a aspiraciones mayores. Debo continuar con mis investigaciones y para eso necesito un laboratorio _ lo dijo de un tirón, sofocado.
_ ¡Pero si hace apenas unos días que has llegado! _ le replicó Talibah.
_ Para mí, hace una eternidad. Mi cerebro bulle de proyectos, de dilemas que requieren soluciones, de sofismas que rebatir. Odio la quietud, tú bien lo sabes. Mis manos extrañan el bisturí, mis ojos son felices descubriendo lo que está vedado a la mayoría de los hombres _ Imanol estaba exultante, ebrio de entusiasmo por continuar investigando la anatomía humana.
_ ¿Qué tienes en mente? _ le preguntó expectante dejando a un lado la labor que tenía entre las manos.
_ El funcionamiento del corazón, su estructura y sus características. Y si pudiera... _ se interrumpió.
_ Si pudieras, ¿qué? _ se sobresaltó Talibah, ella conocía muy bien esa mirada artera.
Imanol no respondió de inmediato. Se sirvió un cognac en una copa de tulipa pequeña y se deleitó con su sabor intenso y su aroma a sotobosque.
_ Si pudieras, ¿qué harías Imanol? _ le repitió Talibah intranquila.
_ Intentaré diseccionar, no un cadáver, sino a un hombre vivo. Debo hallar la manera de mantenerlo sedado mientras lo abro. Mi objetivo es ver como el corazón bombea la sangre y descubrir que es lo que controla sus latidos. Quiero comprobar la teoría del doctor William Harvey, no a través de un microscopio sino en un ser vivo _ relató entusiasmado.
_ Y ese tal Harvey, ¿qué sostiene? _ se interesó Talibah
_ Que el corazón es el motor que impulsa la sangre a través de las venas _ la ilustró al tiempo que se servía otro cognac._ Harvey se basó en los estudios de Avisena, médico persa quien sostuvo que el corazón tiene su propia fuerza como fuente del sistema arterial _ concluyó con la vista fija en su bebida.
_ Me parece interesante aunque no entendí un ápice _ confezó con franqueza.
_ No te preocupes, lo que importa es que tú me encuentres un lugar apropiado para mis investigaciones _ le dijo con un sonrisa indulgente.
_ Eso está hecho _ lo sorprendió.
_ ¿Cómo?, ¿dónde? _ Imanol gritó desconcertado y enfervorizado a la vez.
_ Aquí, en palacio. ¿Qué mejor lugar? ¿Quién osaría franquear tu propiedad? Tú eres el Marqués y ya me ocupé yo de ofrecer una abultada dádiva al Jefe de Policía que suele husmear donde no le corresponde _ Talibah recordó el encuentro con el funcionario un mes atrás.
_ ¿Me está sobornando? _ se escandalizó.
_ De ninguna manera. Es una manera que tiene su Excelencia de demostrarle su gratitud por la eficiencia y el empeño que pone en mantener el orden y la justicia en el marquesado.
_ Si es así, acepto encantado _ dijo con el brillo de la codicia en sus ojos.
Y ahora, superado ese molesto escollo, Imanol tenía la libertad de actuar a su antojo.
_ Realiza tus investigaciones, pero sé discreto _ le recomendó guiñándole un ojo con picardía.
_ Eres única Talibah. ¿Te he dicho cuánto te quiero? _ expresó tomando a la mujer en sus brazos y haciéndola girar por toda la habitación. Risas de satisfacción coronaron esa noche de luna llena."Después de la media noche, la luna es apagada, triste y siniestra. Es una verdadera luna de noche de brujas", los versos del poeta reverberaron en el alma de la egipcia. 


Luego de una semana de intensa actividad, el laboratorio quedó acondicionado. Se ubicaba en el sótano del palacio, accediendo a él por la parte trasera del edificio a través de una puerta oculta por un exuberante helecho de coloración negruzca.
Ninguna persona sabía de su existencia. Ningún sirviente de la casa merecía la confianza. de Imanol, sólo Talibah.
Iluminaron la estancia con una docena de lámparas de gas. La luz era primordial.
Con anterioridad, Talibah, había ordenado a unos campesinos encalar las paredes, fregar el piso de piedra con un potente germicida y exterminar los roedores que se habían apropiado del lugar.
Días después los hombres fueron encontrados muertos en la puerta de la taberna que frecuentaban.
"Una pelea de borrachos", sentenció el Jefe de Policía y el caso quedó cerrado.
En el centro del laboratorio se extendía una mesa de roble donde se depositaba el cadáver a estudiar. A un costado, en una mesa más pequeña estaba dispuesto el instrumental imprescindible para realizar las disecciones: tijeras, cuchillos de amputación, una sierra de manivela para cortar las paredes del cráneo, un trepanador, jeringas succionadoras de líquidos, dos lupas y varios escalpelos. En un aparador apoyado contra la pared derecha, se guardaba un estetoscopio y un sangrador quirúrgico o escarificador. Las cuchillas de resorte de este dispositivo cortaban la piel, y un vaso de vidrio redondeado especial se aplicaba sobre la herida. Cuando se calentaba ayudaba a extraer la sangre a un ritmo más rápido.
Contra la pared izquierda, una vitrina exponía numerosos frascos de vidrio con sus respectivas etiquetas. Contenían vomitivos, purgantes y extracto de cannabis. Un lugar destacado merecían las soluciones antisépticas y alcohólicas; y sobre todo el éter, un anestésico por inhalación.
Imanol quedó sumamente satisfecho con el resultado obtenido. "Es cien veces más sofisticado que el que tenía en América", recordó con un dejo de nostalgia. Su paso por el Río de La Plata le había proporcionado mucha experiencia en el funcionamiento de los órganos del aparato digestivo y respiratorio. Tenía dos cuadernos llenos de dibujos que atesoraba con celo.
Su gran orgullo fue descubrir que la tuberculosis era una enfermedad contagiosa tras inocular material purulento de humanos infectados a conejos; sólo le faltó descubrir el factor infeccioso que provocaba la enfermedad conocida como "la plaga blanca". En eso estaba abocado cuando tuvo que huir imprevistamente para evitar que lo sentenciaran por secuestro, violación y asesinato. El era "El Búho", depredador de niños y no se arrepentía de nada.
El Colegio Médico pronto sabría de sus hallazgos y, por supuesto, alcanzaría la gloria.
Imanol terminó de ubicar los últimos tomos del "Tratado de anatomía descriptiva", de Sappey y luego de hojear por tercera vez su libro preferido, "Medicina y cirugía forense", de Santiago Plenk, abandonó el recinto con las precauciones debidas.
Ya en las dependencias principales del palacio, Imanol encontró a Talibah conversando con una mujer rolliza de tez rubicunda en la puerta de la cocina.
_ Mezcla en una jícara tres gramos de magnesia y media onza de jarabe de goma. Dale una cucharada a tu niño de cuando en cuando si se siente incómodo. Verás como consigue expeler el flato y tú podrás descansar de tanto llanto _ escuchó decirle.
La mujer, agradecida, la saludó con una breve reverencia y se disponía a irse cuando vio al marqués que las observaba con curiosidad. Incómoda por la situación, tartamudeó una disculpa al tiempo que le hacía una reverencia, esta vez más pronunciada. Luego desapareció con la rapidez de un pestañeo.
_ ¿Qué quería? _ preguntó Imanol divertido.
_ Tonterías. Hace poco parió y necesita consejos. Pero hablemos de temas importantes. ¿Todo listo allá abajo? _ Talibah lo expresó en un susurro, ella sabía que las paredes escuchaban.
_ Todo perfecto y para festejarlo esta noche voy de juerga _ en realidad se proponía visitar a Corinne, la dama que había conocido en su recepción y que lo había subyugado. Se lo ocultó a Talibah porque no deseaba ningún reclamo ni consejo.
Precavido, había enviado a Manuel, conocido en el pueblo como "el Ogro" a averiguar sobre el paradero de la marquesa.
Manuel era el protegido de Talibah. La egipcia lo encontró durmiendo en las caballerizas de palacio cuando era un niño harapiento y delgado como una lombriz. Lejos de echarlo, lo tomó bajo su cuidado apenada por su apariencia física. Manuel presentaba una prominente joroba en el lado derecho de su espalda.
Con el paso de los años, se volvió robusto y de gran altura. De carácter afable, pronto se ganó la simpatía de todos los sirvientes y sorpresivamente, hasta de Imanol.
Sin embargo, los pueblerinos ignorantes lo apodaron "el Ogro", burlándose de sus grandes dimensiones y de su defecto. A Manuel eso no le importaba, él era un hombre feliz gracias al cariño de Talibah.
Imanol, al regresar, supuso que Manuel luego de su larga ausencia ya no lo recordaría. Se equivocó. Manuel lo recibió con un fuerte abrazo que casi le cortó la respiración.
El Marqués comprobó en los pocos días de su estadía en Nájera que Manuel podría llegar a convertirse en su brazo derecho. Era fuerte, fiel y reservado. Sería de gran ayuda para llevar a cabo sus planes.
Por eso la primer tarea que le encomendó fue encontrar el palacio donde residía Corinne.Y lo hizo estupendamente.
_ La marquesa de Arcos se hospeda en la casa de su hermana, doña Magdalena, en Ezcaray, a dos cuadras de la Iglesia Santa María la Mayor. Doña Magdalena está casada con don Edelmiro Carvallo, el comerciante más próspero de la ciudad. Será fácil llegar hasta su casa, allí todos lo conocen y respetan. ¿Está conforme su Excelencia con mi informe? _ preguntó agitado.
_ Claro que sí, muy conforme _ le respondió con una sonrisa que hizo sonrojar de gozo a Manuel, más aún cuando le palmeó con afecto la espalda deforme _ Talibah no debe enterarse, ¿entendido? _ agregó Imanol
_ Sí, sí _ afirmó con culpa por tener que ocultar información a su adorada Talibah aunque él era experto en guardar secretos. Por orden de Talibah él había asesinado a dos hombres en la puerta de la taberna del pueblo y nadie se había enterado. Sí, él sabía callar.
Con esos datos Imanol se preparó para visitar a Corinne. El cochero no tuvo dificultad en encontrar el domicilio de don Edelmiro Carvallo. Una edificación de estilo rococó en el que se destacaba un pabellón central de planta circular del que partían dos alas de menor altura y de planta curvada.
El comerciante, dueño de un prominente vientre y doble papada, lo recibió con aspaviento.
_ Marqués, es un honor para mí recibirlo en esta, mi humilde morada _ chilló.
Imanol observó el interior colorido y ricamente ornamentado que contradecía los dichos del anfitrión. De humilde, nada. Todo allí destilaba riqueza.
_ Es mi intención conversar con la marquesa _ dijo Imanol imperturbale. Tanta alharaca lo ponía de mal humor.
_ Por supuesto, por supuesto. Pero antes póngase cómodo. Félix, toma la capa y el sombrero del marqués y tráenos vino de jerez. _ don Edelmiro condujo a Imanol hasta unos sillones magníficamente tapizados en terciopelo azul con hilos de oro.
Minutos después, Imanol quedó deslumbrado viendo a Corinne descender por la escalera. Parecía flotar entre tules y encajes. Bella, bellísima.
Corinne se acercó a él y lo saludó con una delicada reverencia. El le tomó una mano y se la besó. Ella levantó la mirada con timidez y sus enormes ojos verdes lo hipnotizaron. "¿A quién me recuerdas?", se repetía sin poder apartar la mirada de esas facciones delicadas.
Imanol esperó a que Corinne tomara asiento y él lo hizo en el sillón que la enfrentaba.
Félix, el mayordomo, les sirvió con perfectos modales el jerez y luego se retiró. Don Edelmiro permaneció como una estaca junto a ellos.
Doña Magdalena estaba a punto de entrar en el salón cuando escuchó al marqués decir irritado:
_ Le reitero que deseo conversar con la marquesa de Arcos a solas.
_ Claro, claro. Como su Excelencia lo deseé _ don Edelmiro obnubilado por la ilustre visita se secaba el sudor del rostro con un pañuelo de seda bordada, tal era su nerviosismo. Con paso ágil desapareció dejándolos solos. En su carrera se topó con su mujer que casi se la lleva por delante.
_ ¡Vamos, vamos!, no molestemos _ le gritó a la asombrada mujer.
Corinne se rió ante la escena protagonizada por su cuñado.
_ Perdonelo su Excelencia, no está acostumbrado a recibir a la aristocracia _ le aclaró con sencillez.
_ Perdone usted mi abrupta interferencia, pero desde la noche de la fiesta que no he podido dejar de pensar en usted _ se sinceró Imanol, aún desconcertado por sus sentimientos.
_ Usted sabrá que soy casada _ nuevamente se ruborizó ante un Imanol exaltado.
_ Lo sé, lo sé. Y también sé que el marqués de Arcos no la trata como debería _ los cotilleos de la alta sociedad expresaban sin remilgos la violencia con que trataba don Rodrigo a su esposa.
_ Me avergüenza usted, su Excelencia _ Corinne bajó la vista para ocultar las lágrimas que comenzaban a correr por sus mejillas.
_ Le suplico que no llore. No tenga miedo, yo la protegeré, se lo prometo _ Imanol se acercó a ella y le tomó las manos.
_ No puedo permitir que corra semejante riesgo. El es...él es...
_ Cuénteme, se lo suplico _ la interrumpió.







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