EL BÚHO, MATAR...PLACER DE LOS DIOSES

PRÓLOGO

España, 1842

La discusión entre el Marqués de Nájera, don Arturo Pacheco del Prado y su hijo Imanol, Conde de Treviño, fue atroz. El padre lo insultó, con saña y destilando veneno, un veneno que como flecha veloz impactó en el corazón de Imanol infectándolo para siempre. Con asco le gritó : "Eres un apestoso íncubo".
Aún joven, al no comprender el insulto, acudió a la biblioteca de su lujosa mansión. El nombre del joven, Imanol Pacheco del Prado, Conde de Treviño y futuro Marqués de Nájera. Allí, entre hileras y pilas de libros buscó con ahínco el significado del funesto improperio que lo violentó y avergonzó a la vez por salir de la boca de la persona que más admiraba.
En un manuscrito del año 1200 su dedo índice señaló la respuesta. Incubo, demonio que adopta la forma de hombre o mujer según los gustos de su víctima.
Cerró con violencia el libro y lo estrelló contra el piso de piedra. "¡Maldito, mil veces maldito!", exclamó con furia y pesar.
El desprecio de su padre anidó en cada una de sus células convirtiéndolo en un monstruo que con el tiempo fue capaz de asesinar sin remordimientos.
El Marqués amaba a su hijo, pero ese amor fue mutando con el tiempo en vergüenza y luego en desprecio. No aceptaba las elecciones de vida de Imanol, no respaldaba su ímpetu desmedido en la investigación científica que lo llevaba a deambular en los cementerios en busca de cadáveres, no aceptaba su terquedad en rechazar los compromisos sociales acordes a su título nobiliario, le preocupaba que a sus dieciocho años todavía no le conociera algún romance...si las muchachas morían por él, tan apuesto, tan inteligente y de gran fortuna. "¿Qué es lo qué sucede?", se preguntaba continuamente el Marqués. Hasta que el gusano de la incertidumbre comenzó a roer su espíritu y dio con la respuesta menos deseada: "Es homosexual".
Lo dedujo por la manera en que su hijo se conducía con el grupo de amigos que frecuentaba, sobre todo con uno en especial, el sobrino del Obispo de la Iglesia de la Santa Cruz. Lo abrazaba más allá de lo normal y más de una vez los pescó solos en la oscuridad del jardín conversando en susurros, uno muy junto al otro.
Cuando Imanol le escupió a la cara que amaba a aquel joven, creyó morir. Su hijo, su sucesor...¡un sodomita!
Le atravesó el rostro de una bofetada.
"Imbécil, ¿no te das cuenta que si se entera el Obispo la Inquisición caerá sobre tí?. Te torturarán hasta matarte. ¡Déjalo ya, te lo ordeno!"
Imanol no le respondió, se limitó a mirarlo con odio, un odio que le heló la sangre. Dio media vuelta y se marchó. No lo vio durante tres semanas y cuando regresó lo notó pálido y ojeroso. Quiso hablarle, pero el joven se negó encerrándose en su habitación. El Marqués no insistió, supuso que su hijo había solucionado el problema y se tranquilizó. Se equivocó al hacerlo.
Lejos de obedecer a su padre, Imanol fue a proponerle a su amante fugarse juntos. Grande fue su decepción cuando el otro se negó rotundamente. Nunca abandonaría las comodidades a la que estaba acostumbrado ni  las ventajas que se le otorgaban por ser sobrino de tan encumbrado Obispo.
"Entonces no me amas", se derrumbó Imanol.
"Por supuesto que te amo, pero no al punto de abandonarlo todo por ti, mi querido",  y con una sonrisa lasciva acompañada de una caricia insistente en la entrepierna de Imanol intentó calmar la decepción que intuía en él.
El Conde de Treviño lo dejó hacer, mientras sacaba de uno de los bolsillos de su gabán un pequeño frasco de cristal.
Mientras su amante lo besaba con fogosidad, derramó el contenido, un líquido ambarino, en una de las dos copas de vino rojo que descansaban sobre una mesa ratona cercana al sillón en el que se encontraban retozando.
Una vez alcanzado el clímax y saciados sexualmente, se dispusieron a brindar con un delicioso y extravagante vino, cosecha 1780, traído especialmente de Burdeos como obsequio para el encumbrado representante de la Iglesia.
En el espacio de una hora, las pupilas del joven intoxicado se hicieron grandes y profundas. Imanol se le acercó y lo llamó por su nombre, pero sus oídos ya se habían cerrado. Al poner sus manos sobre la frente del muchacho comprobó que estaba fría y húmeda. La cicuta conviertió en finísimo hielo la sangre de las células cerebrales, lo cual le trajo aparejado sordera e imbecilidad, como si el pensamiento colgara fuera del mundo. De pronto comenzó a convulsionar. Imanol se apartó y disfrutó del espectáculo. "Se lo tiene merecido por rechazarme, mierda codiciosa".
Después de cerciorarse que había muerto, abandonó el lugar. Fue al puerto y surcando el río Ebro llegó hasta su propiedad en el pueblo de Briñas. Allí vivió ebrio la mayor parte del día para olvidar el rechazo sufrido. Pasada una semana y ya repuesto del amargo suceso retornó a su hogar en Nájera.
El encuentro con su padre fue frío y distante. Apenas se dirigieron la palabra. Un abismo insondable los separaba.
Una cálida madrugada de agosto un lacayo despertó con brusquedad al Marqués.
"Su Excelencia lamento molestarlo pero los soldados de la Inquisición han derribado el portón de hierro. Ocuparon el patio y amenazan con entrar a la fuerza a palacio si Su Merced no consiente en recibir a su Capitán".
El sirviente ayudó al Marqués a vestirse con rapidez y simulando buen talante se enfrentó al impertinente que osaba franquear su intimidad.
Las razones de tamaña afrenta lo descolocaron, mejor dicho, lo hirieron de muerte. Su orgullo pisoteado en el fango por la insesatez de su hijo. Sin embargo, se mantuvo altivo y sereno ante el suspicaz escrutinio del Capitán. No puso reparos a la petición del oficial, él mismo iría a buscar a su hijo y se lo entregaría. Si era culpable de la muerte del sobrino del Obispo debería pagar con su vida.
Dejó al Capitán y a los dos Sargentos en el salón y él, con paso majestuoso, subió la imponente escalera de mármol que llevaba a los dormitorios.
"¿Qué has hecho atolondrado?", gritó ni bien cruzó el umbral de la habitación donde dormía plácidamente Imanol sin vestigio de culpa.
El joven abrió los ojos incorporándose en la cama con fastidio. ¡Qué maneras de interrumpir su sueño!
"La Inquisición está aquí. Te acusa de la muerte del sobrino del Obispo. ¿Lo has hecho Imanol? ¡Responde zascandil del demonio!" El rostro rojo como ascuas de fuego y el cuerpo rígido por la intensa furia.
Imanol se levantó en silencio, pasó junto a su padre y tranquilamente se sirvió un vaso de agua fresca de una jarra de porcelana que se encontraba sobre una repisa.
"¡Responde!, o acaso eres tan lelo que no comprendes lo delicado de la situación", el Marqués se alteró aún más, si esto era posible, al ver la serenidad imperturbable del muchacho.
"Sí, lo maté", respondió simplemente y se metió una uva en la boca que arrancó de un racimo que reposaba en una fuente de plata junto a la jarra de agua. Adoraba comer uvas en el desayuno.
El Marqués se paralizó ante la afirmación. Su hijo, un asesino. Se sentó de golpe en la cama, las piernas no lo sostenían.
Imanol comenzó a reír.
"No entiendo por qué tanta alaraca padre, ¿no querías que me deshiciera de mi amante? Pues bien, lo hice. ¿Eres feliz ahora?", dijo en tono burlón mientras continuaba saboreando las uvas blancas, dulces y jugosas.
"¡No quería que lo mataras, idiota, sólo que cortaras la relación!", la voz ronca, consternada.
"Lo hecho, hecho está. No hay vuelta atrás", Imanol caminó hacia la ventana que daba al patio principal donde esperaban las huestes de la Inquisición.
El Marqués lo detuvo a tiempo.
"¡Demente! ¿Quieres que te vean?. ¡Rápido debes huir!. ¡Vamos,vístete! Yo iré a distraer al Capitán que aguarda por ti en el salón".
"Pero padre, ¿a dónde quieres que vaya? Estoy cercado, lo mejor es que me entregue", Imanol estaba emocionado, era la primera vez que su padre se preocupaba por él.
"A Paris, allí estarás a salvo del brazo de la Inquisición. Podrás completar tus estudios de medicina y tendrás tiempo para reflexionar sobre tu conducta. Estaremos en contacto".
Sin ninguna demostración de afecto desapareció por la puerta dejando a Imanol solo con sus pensamientos.
"Empezaré una nueva vida en Paris, buena idea padre", y entusiasmado empacó algunas de sus pertenencias en un bolso de cuero.
Un lacayo lo esperaba en la sala de costura, en la que su madre solía pasar tardes enteras. Sin dudarlo se dirigió hacia la fachada de un armario de nogal estilo provenzal empotrado en la pared. Lo abrió y luego de recibir de manos del lacayo una bolsa de monedas de oro, regalo de su padre, apartó varias pilas de lujosas telas y exquisitos encajes cuya finalidad era esconder una pequeña puerta. Se encogió y pasó a través de ella. Un sinuoso y oscuro pasillo lo condujo hacia la parte trasera del palacio donde lo esperaba un caballo.
En el salón, el Capitán estalló : "¡Cómo que no encuentra a su hijo! Esto es inaudito, ¡es una vil trampa!. Le aseguro que por más Marqués que sea pagará caro esta afrenta", el Capitán enfurecido partió raudamente llevándose consigo a todos sus soldados.
"Ya lo veremos", sonrió el Marqués viéndolos partir. Tenía muchas relaciones, el mismo Papa Gregorio XVl le debía unos cuantos favores. El desliz de su hijo pronto quedaría en el olvido. El rugido de sus tripas le recordó que aún no había desayunado. En el comedor, la enorme mesa estaba ya dispuesta para que disfrutara de exóticos delicatessen. Volvió a sonreír, la gula era su pecado preferido.
Imanol, entre tanto navegaba hacia Francia. "Lejos de la vigilancia de mi padre seré feliz", pensó alborozado


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