EL BÚHO, MATAR...PLACER DE LOS DIOSES

Capítulo 3
Montpellier 1843, Francia

La Facultad de Medicina funcionaba en un monasterio colindante al Palacio epicospal. Estudiantes de todas  religiones y procedencias culturales se daban cita en sus inmensas aulas ansiosos de aprehender los conocimientos de los grandes médicos que destacaban en la época.
Imanol estaba feliz. Libre de la vigilancia estricta de su padre y dando rienda suelta a su pasión: la medicina.
Por supuesto que el no se contentó sólo con la elocuencia y la experiencia de sus profesores. No le bastó pasar noches enteras devorando libros de grandes investigadores como Bastier de Mirande o Paul Barthez, que indagaron en la medicina externa e interna. Él aspiraba a mucho más.
La curiosidad y las ansias de investigar lo consumían. Sin embargo, grande fue su decepción cuando luego de un año de estudio intenso se topó con la dificultad de encontrar cadáveres para diseccionar.
Los dedos de Imanol escocían de ansiedad por tomar un bisturí y rasgar la piel, cortar la carne inerte, separar los diversos tejidos, y como un telón que se corre, descubrir los órganos y sus misterios.
Debía hallar una solución para su apremio y además debía hacerlo clandestinamente porque la Justicia prohibía la disección de cadáveres.
Si Leonardo Da Vinci habia logrado descuartizar treinta cadáveres y observar su interior para realizar sus ilustraciones anatómicas, él también lo conseguiría.
Una mañana, mientras hojeaba un volúmen sobre Patología ricamente ilustrada en la biblioteca de la Facultad, un joven se sentó delante de él, mesa de por medio, y lo miró con insistencia.
_ ¿Qué quieres? _ se enfadó Imanol. Odiaba las interrupciones cuando estaba enfrascado en sus estudios.
Pero cuando confrontó al impertinente, su corazón brincó descontrolado. Unos fascinantes ojos verdes, como el más puro jade, lo observaban con interés. Disimuló su desconcierto y repitió con tono ácido.
_ ¿Qué quieres? ¡Detesto los entrometidos! _  pensó, el corazón acelerado.
_ Me llamo Jean y pertenezco a los Resurreccionistas. Su merced sabrá a lo que me refiero, ¿verdad? _ una sonrisa cómplice acompañó su respuesta jovial y desenvuelta. Los "Resurreccionistas" se dedicaban a desenterrar cadáveres para venderlos para la disección.
_ ¡Claro!, y con eso..._ Imanol lo supo en ese momento: amaría a Jean oponiéndose a toda condena social, pisoteando tabúes y prejuicios.
Desenfadado, se estiró sobre la mesa hasta casi rozar el rostro de Imanol. El aliento cálido del joven con resabio a cerveza y almendras no le molestó, todo lo contrario, imaginó un beso profundo e interminable.
_ Vengo a ofrecerle mis servicios. Esta misma noche puedo conseguirle un cadáver _ dijo confidencialmente bajando la voz.
La afirmación lo dejó atónito. Por fin sus ruegos fueron escuchados por Dios o por Satán, lo mismo daba.
Imanol cerró de un golpe el libro que tenía entre sus manos y con un gesto de la cabeza invitó al joven a seguirlo.
Se internaron en los jardines que rodeaban la Universidad buscando privacidad.
_ ¿Qué te hace pensar que estoy a la pesca de un cadáver? _ Imanol a pesar de sentirse atraído por el joven resurreccionista desconfiaba de la propuesta. La Justicia y la Iglesia tenían "ojos y oídos" infiltrados en todas partes. Caer en su trampa sería fatal.
_ Su merced es estudiante de medicina, por lo tanto, supongo que estará deseoso de aplicar sus conocimientos y de constatar en un cuerpo humano lo que tanto ha estudiado...
_Y quien me asegura que no eres un espía de la Inquisición _ lo encaró con rudeza. Si bien el poder del Tribunal Eclesiástico había perdido injerencia dentro de la sociedad, algunos cardenales se resistían y continuaban entrometiéndose en la evolución de la ciencia y, solapadamente, no cesaban en la persecusión de protestantes y judíos.
_ ¿Yo, espía de esos dementes que enjuiciaron y declararon culpable a una cerda por el asesinato de un bebé? _ Jean se refería al caso de una cerda que cometió el crimen un Viernes Santo siendo el pecado mayor aún. Los juicios contra animales, al igual que al de las brujas, incluían exposición, acarreo,vejaciones, torturas, humillación pública y destrucción del cadáver en la hoguera.
_ Su Merced deberá confiar en mí _ Jean le sostuvo la mirada con arrojo y el Conde le creyó.
_ ¿Cómo lo harás? _ preguntó Imanol decidido a arriesgarse. La posibilidad de cortar un cuerpo lo exitaba, como en ese momento lo excitaba la proximidad de Jean...alto...fibroso...osado...magnético.
_ Esta madrugada ahorcaron a un sodomita _ el delito heló la sangre de Imanol _ Y como nadie reclamó el cuerpo, los policías lo tiraron en la fosa común del cementerio, allí donde van los delincuentes y los marginales. Apenas está tapado por una leve capa de tierra, no presentará dificultad sacarlo. Además si a eso le agregamos una suculenta propina al cuidador..._ especuló levantando la ceja izquierda, gesto que impregnó intriga y arrogancia a su mirada.
_ Muy bien, aquí tienes _ Imanol le entregó un talego con treinta francos de plata _ Diez para el cuidador y el resto para ti. ¿Satisfecho? _ al entregarle la bolsa de monedas rozó adrede la mano del joven. En ese breve instante, ambos experimentaron una descarga eléctrica que los impactó. Permanecieron en silencio, la mirada fija el uno en el otro. Luego se despidieron con una simple inclinación de cabeza.
Imanol se hospedaba en el palacio de Frederick Sabatier d´Espeyran, hermano menor de su madre con el que tenía una gran afinidad. Amaban la parranda y se sentían atraídos por la magia negra.
Frederick era soltero y se dedicaba a viajar y a despilfarrar su cuantiosa fortuna. Raras veces coincidían en el palacio, pero cuando lo hacían el champagne corría a raudales y las putas eran las reinas. Imanol disfrutaba de las orgías organizadas por su tío, sobre todo porque su padre lo detestaba. Frederick y Arturo eran enemigos declarados desde la muerte de Matilda. Frederick culpaba al Marqués por obligar a su hermana a quedar encinta a pesar de la oposición de los médicos y Arturo tildaba a su cuñado de juerguista, calavera y zángano.
Esa noche, Imanol disfrutaba de la soledad. Su tío se encontraba en los Países Bajos, seguramente en la casa de su amante de turno y los sirvientes dormían sólo Jacques, el mayordomo, permanecía despierto atento a cualquier necesidad de su amo.
En la sala, el reloj de carrillón acababa de dar las dos de la madrugada, cuando un sonoro golpe hizo temblar la puerta de entrada.
Jacques, somnoliento aunque manteniendo siempre su porte regio, se presentó en la habitación de Imanol.
_ Lo buscan, monsieur _ dijo sin agregar detalle.
_ ¿¡Quién me busca a estas horas!? _ se alarmó Imanol. ¿Acaso la policía había descubierto su trato con el resurreccionista?, o bien, Jean lo había traicionado finalmente.
_ Un joven extraño, si me permite calificarlo, monsieur _ le aclaró imperturbable.
_ Que me espere en el escritorio... ¡Ah!, Jacques, sírvele un cognac mientras me visto _ Imanol, más aliviado, se cubrió con una robe de chambre de seda borgoña y fue al encuentro de Jean. "¿Qué habrá ocurrido?", conjeturó con el pulso acelerado mientras bajaba las escaleras.
Al abrir la puerta del escritorio se encontró frente a frente con Jean. El joven vestía todo de negro; el cabello, de un lustroso tono azabache y más largo de lo que dictaba la moda, le caía sobre el rostro dándole una apariencia enigmática. Pero lo que más impactó a Imanol fue el brillo de sus ojos verdes, una invitación a lo prohibido.
_ Lamento molestarlo en esta hora inapropiada _ se disculpó mientras dejaba la copa de cogñac vacía sobre un magnífico escritorio en madera ebonizada Luis XV _ Pero en nuestro encuentro anterior no me ha dicho donde llevar a "nuestro amigo" _  una sonrisa irónica acompañó sus palabras.
_ Cierto, un lapsus imperdonable de mi parte. Tráelo aquí _ Imanol se sirvió una copa de cognac sin darle importancia a la cara de sorpresa de Jean.
_ ¿Aquí?, ¿en el Palacio? _ preguntó, casi gritó perplejo.
_ ¿Qué tiene de malo? Es el mejor escondite. ¿A quién se le va a ocurrir que en el sótano del Palacio del honorable Friederick Sabatier d´Espeyran se oculta un laboratorio? _ puntualizó Imanol encendiendo un cigarro.
_ ¿Honorable?. Por favor, ¡que tontería! Si es de público conocimiento que su tío es un libertino _ se horrorizó ante la descabellada idea de Imanol. ¿Un laboratorio en el mismo Palacio? ¡Una locura! Él no participaría en semejante insensatez. Su pellejo estaba en juego. No deseaba terminar sus días en la cárcel.
_ Pero lo que tú no sabes es que mi querido y astuto tío es amigo íntimo del Magistrado Colbert. Varios y peligrosos secretos los unen. Te aseguro que la fuerza policial jamás osará inspeccionar esta casa. ¿Estás más tranquilo ahora? _ Imanol se acercó a Jean y apoyó su brazo en los hombros del joven. Para asombro de Imanol, Jean se ruborizó.
_ Muy bien, entonces, ¿cuál es la entrada al sótano? _ contrariado por el gesto que consideró atrevido por parte de Imanol, se apartó de él bruscamente.
_ Entra por la parte trasera de los jardines, amparándote en la arboleda de tilos. Busca un sendero de piedra caliza. Siguelo. Te conducirá hasta una de las paredes posteriores del Palacio que está cubierta por una enredadera. Aparta las ramas con cuidado, descubrirás una puerta. Aquí tienes  _ Imanol le tendió una llave que se quitó de una cadena que pendía de su cuello _ Empuja con fuerza, un fuego fatuo te iluminará. Deposita el cadáver sobre la camilla que encontrarás en el centro de la habitación. Luego haz el mismo camino de regreso. Mañana , al mediodía nos encontraremos en la taberna de Madame Duriez, ¿la conoces? _ y ante el gesto afirmativo de Jean, Imanol continuó _ Me devolverás la llave y brindaremos por nuestra nueva sociedad, ¿estás de acuerdo, mon cher?
Jean aceptó aunque nuevamente sorprendido por el tono confianzudo del Conde. Si embargo, no estaba ofendido, todo lo contrario, él también se sentía atraído por la personalidad arrebatadora de Imanol.
A partir de ese encuentro comenzó una relación que con el correr de los días se volvió febril. Jean resultó ser un amante fogoso que encendía a Imanol con sólo rozarlo.
Por las tardes, una vez finalizada la jornada de estudio, huían a Perpiñán y en una hostería a orillas del río Tët, se amaban libremente, ofreciéndose él uno al otro sin inhibiciones.
Imanol era feliz como nunca lo había sido. Atrás quedaron los sermones hirientes de su padre y la herida sangrante provocada por la decepción sufrida por Octavio, su primer amante.
Una espléndida mañana de primavera decidieron viajar a Paris y mientras paseaban por los "Chams Elisée", una tienda llamó la atencióm de Imanol. Un enorme cartel anunciaba "Gottfried Jetter, Maestro cuchillero".
Hacía tiempo que deseaba mejorar la calidad de sus escalpelos y en Montpellier era arriesgado adquirirlos porque si bien se sentía respaldado por la influencia de su tío, no quería arriesgarse, debía ser precavido y evitar las murmuraciones.
_ Ven Jean, curiosiemos en aquella tienda _ el joven no se opuso, siempre secundaba a Imanol, aún en sus investigaciones más arriesgadas, lo amaba profundamente.
La variedad de instrumentos quirúrgicos maravilló a Imanol. El mismo Gottfried lo atendió ayudándolo a elegir las piezas imprescindibles para su propósito, todas de extrema calidad. Gottfried Jetter fue el maestro cuchillero que encauzó la comercialización de instrumentos quirúrgicos en Francia.
Imanol, satisfecho con la compra, trabó amistad con el comerciante prometiéndole una nueva visita antes del invierno.
Ya de vuelta en su Palacio, Imanol, luego de hacer el amor con Jean, se encerró en su laboratorio. Embelesado, abrió una de las tres cajas de plata que adquirió en la tienda de Jetter y con delicadeza pasó su mano sobre los bisturíes y las tijeras que reposaban sobre un exquisito terciopelo azul.
Luego, con entusiasmo, los estrenó sobre la mujer desnuda que lo miraba sin ver.
La crisis económica de 1845 golpeó también en Montpellier. Luis Felipe de Orleans, el rey burgués, favoreciendo a la alta burguesía en detrimento de los trabajadores, de los intelectuales y de la pequeña burguesía, aplicó reformas liberales que llevaron al caos y a la rebelión. Los estudiantes se unieron a las protestas de los obreros lo que derivó en la abdicación del rey.
Los compañeros de facultad de Imanol lo invitaron a unirse a una manifestación en contra del rey. Él, a pesar de no sentirse afectado por la situación, no pudo negarse ante la insistencia. Protestar para los estudiantes era sinónimo de diversión, poco les importaba el desempleo y la hambruna que se generalizó en poco tiempo afectando a los sectores más pobres.
_ No vayas Imanol, puede ser peligroso. Habrá represión _ le suplicó Jean.
_ Debo ir, mon cher, ya di mi palabra _ respondió cariñoso pero firme en su decisión _ Espérame despierto con una botella de champagne de Veuve Clicquot. Je t´aime _ esa fue la última vez que vio vivo a su amado Jean.
Eran más de las once de la noche, cinco horas desde que Imanol abandonó el Palacio, cuando el mayordomo le acercó a Jean una nota.
_ La trajo un mensajero, monsieur. Lo noté muy nervioso _ acotó con la seriedad que lo caracterizaba.
_ Gracias Jacques _ Jean dejó sobre el sillón el libro que estaba leyendo, "Las penas del joven Werther", de Goethe, y abrió el pequeño sobre.
La nota cayó al suelo cuando Jean terminó de leerla. La misiva de letra prolija y redondeada le comunicaba que Imanol se encontraba herido en un callejón del barrio de Port Marianne.
Sin dudar un instante, Jean salió apresurado. Corrió conteniendo el aliento las veinte cuadras que distaban del palacio al lugar indicado en la nota. Buscó en todos los rincones del oscuro callejón pero no encontró a Imanol. De repente sintió un escalofrío en su espalda y al darse vuelta una daga le perferó el  abdómen y luego, con una estocada certera, le atravesó el corazón. Murió al instante.
Tiempo después, Imanol recibió una carta de Amelia, su hermana.
"Hermano, sé que estás devastado por la muerte de Jean. Te preguntarás como estoy enterada. Tío Frederick me lo contó confidencialmente. No te enfades con él, fui yo la que le insistió por noticias tuyas, estaba preocupada por ti. Te fuiste de España de forma tan precipitada dejándonos a Talibah y a mi desoladas. Talibah lloraba noche y día por no saber de ti hasta que tío Frederick nos contó que estabas feliz con tus estudios y con una nueva amistad. Eso nos tranquilizó, sobretodo a la pobre Talibah, sabes el gran cariño que te profesa. 
Lo que voy a confesarte es horrible, Imanol, pero debo hacerlo. Fue nuestro padre el que mandó asesinar a Jean. No se enteró ni por mí ni por tío Frederick de tu relación amorosa. El te tiene sus propias fuentes, ¡te vigila hermano! Te ruego, ten cuidado. Padre tiene mil ojos. Cuidate. Amelia"
 _ ¡Siempre me vigila!. Es un perro sarnoso que no se cansa de roer mis entrañas. No te aflijas padre, ya me encargaré de ti y para mí será el Paraíso oirte suplicar _  sirviéndose otra copa de champagne brindó por la muerte de su padre, una muerte cruel y despiadada.
Ese año el invierno fue cruento. Imanol esperó la noche, se abrigó con un grueso gabán de gabardina negro con cuello de piel de nutria. Un sombrero de ala ancha le cubría el rostro.
Caminó por las calles solitarias, la luna iluminaba su camino. Al pasar por la catedral de San Pedro, descubrió a un niño tiritando en el pórtico.
_ Pequeño, ¿estás solo?, ¿y tus padres? _ le preguntó tratando de parecer amistoso.
_ Murieron _ contestó gimoteando.
_ Ven conmigo, no permitiré que mueras congelado. No tengas miedo. ¡Que te parece un caldo caliente y un trozo de pastel de chocolate? _ lo tentó. El niño aceptó, el buen Jesús había escuchado sus plegarias.
Imanol lo llevó de la mano hasta su Palacio. No entraron por la puerta principal sino que lo hicieron por la puerta del sótano.
Imanol se liberó del gabán y del sombrero. Sentó al niño sobre la camilla.
_ Ten, bebe _ le ofreció una infusión de valeriana, una hierba con propiedades anestésicas y relajantes.
_ ¿Y el pastel? _ preguntó ilusionado el niño.
_ Luego, luego, ahora bebe _ insistió perdiendo la paciencia y la sonrisa.
El huérfano obedeció y pasados unos minutos se desvaneció sobre la camilla debido a la combinación del hambre, del frío y a la potencia de la infusion.
Pensó abrirlo para observar los latidos del corazón, pero cuando lo estaba atando a la camilla, una idea macabra pasó por su mente. "Padre, seré el monstruo que tú piensas".
Sodomizó al pequeño, y cosa extraña...se sintió en paz. Luego se concentró en la disección.






Comentarios